miércoles, 23 de enero de 2019

Santiago Espinosa


Quizá el tiempo no alcance para encontrarnos con habitantes de otros sueños, quizá no alcance para recobrar lo perdido, cuanto diéramos por abrazar de nuevo a nuestros ausentes. Quizá el tiempo no alcance para contar las estrellas.

Bienvenido Santiago Espinosa al Claroscuro. 




Santiago Espinosa, Bogotá, Colombia, 1985.
Es Crítico y Periodista. Profesor del Gimnasio Moderno de Bogotá. Egresado de Literatura (2009) y Filosofía (2010) de la Universidad de los Andes.

Ha escrito artículos y reseñas para medios como Alforja y La Otra de México, Revista de Poesía de Venezuela, de la que es miembro de su consejo editorial, la Revista Casa Silva, El Espectador, El Tiempo y La Hoja de Bogotá, del que fue jefe de redacción hasta su desaparición en el año 2008.

Es el encargado de las labores de difusión y divulgación de la temporada de Ópera de Colombia y del Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Poemas y ensayos suyos han aparecido en diversas selecciones de Colombia y de otros países.

Publicaciones: 

Los ecos (2010)
Lo lejano (2015)
Escribir en la niebla (España, 2015) Compilación de ensayos sobre 14 poetas colombianos 
Luz distinta (México, antología)
Para llegar a este silencio (colección Un libro por centavos, Universidad El Externado)
El movimiento de la tierra (Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2016)




Santiago Espinosa
(selección de poemas)

Mariposa nocturna 

…espera que cada uno se realice y consume
con su poder de silencio y de palabra…
Drumond de Andrade
Es inútil que escribamos sobre todo.
Hay que saber esperar.
El poema nace en el vacío
que desplaza otro poema.
Pienso en las mariposas nocturnas
persiguiendo su sombra sobre el techo.
Se alejan y la sombra se perfila,
cuando se acercan demasiado
pierden la imagen en el vuelo.
Es mas o menos así.
Sombras que buscan la luz
para permanecer como sombras.
A veces el silencio es el último
cumplido sobre las cosas que amamos.
Su manera de estar a nuestro lado.

                                                                                 Para Tania G.



Valse triste

                                                                                           A la memoria de Jean Sibeluis

El ruido áspero de un fósforo,
dos, tres de la mañana.
Pasos en la casa de la esquina.
¿No es demasiado tarde
  para empezar la velada?
Quizá estrellen las copas
mirándose a los labios
y suene en el piano la canción escogida.
Él y su corbata roja,
la que compró antes del accidente.
Ella, perfumada, lleva el vestido de encajes:
única herencia de su madre.
Bailan, jóvenes,
por la pista de  otros ojos
de otra memoria,
sigilosamente
haciéndose fantasmas.



Fosa común

Te abres el pecho
largamente
y allí encuentras

                dos libros

casas que no alcanzaron
             su estatuto
             de moradas

el ojo de los dormidos
como un carbón
               bajo la niebla

sigue cavando

los rostros de tus abuelos
               amarillos
               por el cáncer

el uno era político
y soñaba con los trenes

el otro un músico
que le cantaba
a las luciérnagas

Montañas arrastradas
por un río
                de voces
                pedregosas

y más abajo
                 el mar.

Ha sido inútil el arte
de cavar huellas.

Abrir un agujero
entre la hierba
y los
papeles
                dispersos
para mirar de nuevo
                las estrellas.



Fantasmas

No, no habría por que temer.
Nunca -por más que lo quiero-
he sentido que los ángeles
me toman por la espalda.

Dices que los abuelos, cuando mueren,
esconden medallitas en la almohada.
O que a veces se aparecen en los sueños
y agregan varias hojas a los diarios.
Pero de mí no se acordaron.
Se fueron sin extender la mano,
y no tuvieron que hablar
para recordarme su silencio.

-Sin embargo, en la noche ,
los ruidos de la cocina se parecen a los pasos
y las fotos de los muertos
me persiguen con los ojos-

No, no los he visto.
Apaga la luz y no hagas ruido.
Pero antes un secreto:
todavía los espero.



Esferas

Nunca temimos a los sismos,
nos habituamos a hablar sobre los sismos.
Mi padre señalaba los mapas con el nombre sonoro
de Kobe o San Francisco, Popayán o Tauramena.
Eran viajeros que llegaban desde el fondo de la tierra
con un código de Richter,
o un niño que nacía desde el calor hacia las rocas.
“Las placas se mueven bajo nosotros”,
decía mi padre, “el tiempo es una caricia silenciosa”.
E imaginábamos la lava desplazarse bajo los pies, roja y naranja.
El desplome de los campanarios en el Tiempo del ruido.
Y un espasmo, un remezón de las cortezas más profundas
que hacía bailar todas las cosas, como si despertaran.
Guardábamos el mapa entre los anaqueles. Las fotos se hacían
turbias y nosotros caminábamos sobre el planeta.
El mundo era una esfera llena de voces
y murmullos, una canica redonda y traslúcida.
“Las placas se movían bajo nosotros.
El tiempo, una caricia silenciosa.”
Cuando despertamos por el terremoto de Armenia
vimos las ruinas de la infancia en el televisor.
Vimos las madres y sus hijos llorar a la intemperie.
Los sismos se hicieron viejos
y perversos, y comenzamos a temerles.
Frente a la luz de las pantallas,
viendo el avance de las formas contra el tiempo,
el rostro de los padres comenzó a cuartearse
y fue grabado en sus semblantes
un mapa imperfecto y movedizo.


                                                                               Santiago Espinosa

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