domingo, 11 de diciembre de 2016

Daniel A. Martínez Sarracino. Los poemas


Era noviembre y me aguardaba a una hora de mi boca.

El vuelo en Aeroparque demorado como siempre. Los resignados miraban el río, los (esos que siempre gritan en grupo) que protestaban, y los otros, los muertos, esos difuntos que desean y no pueden, y amasan las ganas hasta que el sueño los derriba.

En cambio, yo sostenía la mañana vestido con uno de los pocos pantalones que tenía (mi pantalón un fuerte explorador) vaquero, azul desgastado. El sol tartamudo entre arboles, señores y señoras ocasionales junto a besos desprolijos y sombras en el alma.

Qué bonita estás -le dije- y el día nos arrancaba alegrías como quien desprende uvas de la parra.
¿Sabías? cambiamos el mundo -pensé-  Charlamos en silencio y nos miramos a gritos. También tuvimos miedo y cadenas que romper y nos gustó nuestro sol, nuestro café, nuestros tomates y, rúcula, y las fotos que el día nos sacó.

Fumamos descalzos abrazados por una toalla. Pensamos que nuestras zapatillas eran de un solo cordón, que éramos compañeros y aplastábamos la rutina inventando navidades en agosto o jugando a verdad o consecuencia.

El avión de regreso despegó a tiempo. Tus ojos volvieron a la casa.
Caminamos juntos pegados de la piel, un día simple pegados del alma, una memoria que se puede respirar. Ella inventó un mundo mejor y él nos ama.


Te veo dormir
La cama se parece a un durazno lleno de pájaros
Es la mañana
El sol crece en silencio
Igual que la levadura
Una conjetura tacita 
Sigo viaje
Por la habitación vuelan latas de cerveza
El estornudo de los zapatos levanta más polvo
La ropa está confiscada en el lavadero
Alguien ayer me preguntó si seguía con ella
Respondí que el aceite es malo para el colesterol
Comparto
La maquinita de afeitar
Para sacar lo ralo del espejo
Una mosca tose
Mientras golpea la pared con el zumbido
Ahora lo evidente
Es
Que más tarde ella
Se levantará
Más tarde
Se irá 
Entonces
La tarde que tiene la costumbre
De meterse todos los días
Por esa ventana
Se va a quedar ahí
Quieta
Sin moverse
Con ese extraño sentimiento
De estar envejeciendo.


Todavía tengo la fuerza de mil osos
La juventud de mis años
Los ojos tristes de una madre que despide al hijo
hacia la guerra
Un corazón meado por los perros de la noche
Poesías inconclusas a amigos y amantes
Pero todavía soy capaz de levantarle los huesos
al incrédulo y
De barrer el piso donde me tiraste.



                                                                               Daniel Martínez


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